La versión de Duane
Así lo cuenta el marcador histórico oficial de Castle Gap, en el condado de Upton, y con mucho gusto se lo comparto. A catorce millas al noroeste, justo en la línea entre los condados de Upton y Crane, hay una abertura en la roca que desde lejos no parece gran cosa. Una milla de largo, apretada entre Castle Mountain y King Mountain.
Pero que el silencio no le engañe, porque por Castle Gap ha pasado casi todo tipo de ser humano que Texas haya mandado a recorrer este paisaje. El panorama completo, como dice el marcador histórico: indios, españoles, conductores de diligencias, arreadores de ganado, colonos y buscadores de oro. Todos ellos ensartados por ese mismo corredor angosto, como si la historia no encontrara otro camino.
Desde tiempos prehistóricos, las tribus indias nómadas ya conocían ese paso. Era un punto de referencia. Y más tarde, los comanches lo usaban como escala en su camino de guerra hacia México.
Así que cuando el primer ojo europeo encontró el lugar, ese paso ya llevaba siglos sirviendo de cruce. El primer hombre blanco en descubrirlo fue, probablemente, y esa palabra tiene mucho peso, el explorador español Felipe Rábago y Terán, en 1761. Probablemente.
Por allá en el Trans-Pecos, la certeza es un lujo que la historia rara vez concede. Luego llegó 1849 y la fiebre del oro, y los forty-niners cruzaron apurados en su carrera desenfrenada hacia los campos auríferos de California. Sin detenerse a contemplar el paisaje.
Moviéndose siempre, siempre moviéndose. Pero la empresa que de verdad puso a Castle Gap en el mapa, con tráfico regular y puntual, fue el Butterfield Overland Mail. De 1858 a 1861, esas diligencias retumbaban por el paso en su viaje de veinticuatro días desde St. Louis hasta San Francisco.
Veinticuatro días. Las diligencias se detenían brevemente, siempre brevemente, en la estación de Castle Gap, de paredes de adobe, para cambiar los tiros de caballos, y enseguida volvían a partir, cruzando vados rumbo al poniente. Para 1866, el camino ganadero Goodnight-Loving ya estaba bien establecido en el paso, empujando decenas de miles de longhorns briosos por ese mismo corredor de una milla, rumbo a los mercados del norte.
Párese ahí hoy e intente imaginarlo: el polvo, el ruido, la masa entera de ganado abriéndose paso entre esas montañas. Y el paso empieza a sentirse mucho más chico. Y luego está la leyenda.
Por esa misma época, cuenta la historia que un ayudante del emperador Maximiliano de México, cargado de tesoros y huyendo del país cuando cayó el régimen, enterró oro y joyas en algún lugar de la zona. El marcador histórico lo llama leyenda, y así lo dejo yo también. Pero hay que notar que los buscadores de tesoros siguen apareciendo por allá, así que algo en esa historia los convence.
El polvo de los pioneros se asentó hace mucho. Hoy Castle Gap descansa en calma, interrumpida nada más por los visitantes, algún buscador de tesoros de vez en cuando, y los que andan buscando las ruinas de la estación del Butterfield y las roderas de carruajes y carretas que se van borrando poco a poco. Borrándose, pero todavía ahí.
Catorce millas al noroeste. Justo entre las montañas, si sabe dónde mirar.
Lo que dice el marcador
Castle Gap, famoso paso temprano para las rutas del suroeste, se encuentra a 14 millas al noroeste, a lo largo de la línea divisoria entre los condados de Upton y Crane. Por este paso de una milla de longitud, entre las montañas Castle y King, fluyó el panorama completo de la historia de Texas: indígenas, españoles, conductores de diligencias y arreadores de ganado, colonos y buscadores del 49. En tiempos prehistóricos, Castle Gap fue un punto de referencia para las tribus nómadas indígenas y más tarde guió a los comanches en su camino de guerra hacia México. El primer hombre blanco en descubrir el paso fue probablemente el explorador español Felipe Rabago y Teran en 1761. Luego llegaron los buscadores del 49 en su frenética carrera hacia los campos auríferos de California, a quienes siguieron otros colonos más permanentes. De 1858 a 1861, los famosos carruajes de Butterfield Overland Mail cruzaban retumbando el paso en su viaje de 24 días de St. Louis a San Francisco, deteniéndose brevemente en la estación de Castle Gap, de muros de adobe, para cambiar las caballerías. Luego partían de nuevo, avanzando hacia el ocaso. Para 1866, el camino ganadero Goodnight-Loving estaba firmemente establecido en el paso, canalizando decenas de miles de reses longhorn hacia los mercados del norte. Durante este mismo período, la leyenda sostiene que un ayudante del emperador Maximiliano de México, que huía del país al colapsar el régimen, enterró oro y joyas en la zona. El polvo de los pioneros se asentó hace mucho tiempo. Hoy Castle Gap duerme plácidamente, perturbado solo por visitantes, ocasionales buscadores de tesoros y quienes buscan las ruinas de la estación de Butterfield y los surcos, que se desvanecen rápidamente, de carruajes y carretas.
Traducción no oficial del texto del marcador de la Texas Historical Commission. Lea el texto oficial en inglés →